TRAVESÍA XÚQUER XTREM ANTELLA 2019


La última etapa de la intensa semana deportiva que se inició el domingo en el Aquatrail me llevó a Valencia, a mi primera travesía a nado en río, la versión corta de la Xúquer Xtrem, 2500m por el Júcar a su paso por Antella. Me habían advertido de la dureza de la natación en agua dulce, con tramos a contracorriente y menos flotabilidad, así que ni me planteé nadar los 5000m, dos vueltas al recorrido que yo nadaría solo una vez. El cansancio acumulado por el aquatrail, Campello y Hondón Aspe ya iba a hacer bastante dura la travesía. No necesitaba añadir metros.



La organización avisaba que era preferible aparcar a las afueras de Antella por la dificultad para encontrar sitio en el pueblo, aunque no advertían (o no me enteré) que cualquier coche aparcado en sus calles que no fuera vecino antellense sería multado, algo que descubrí mientras recogía la camiseta, el gorro y el chip junto al azud de Antella, donde los voluntarios daban un papel para poner en el salpicadero del coche que indicaría que se había aparcado en el pueblo con motivo de la prueba deportiva.

Mientras me cambiaba junto a la zona de salida me dediqué a ver con calma el terreno. A lo lejos me había parecido que el agua era verdosa y con poco movimiento, pero ya en el azud pude ver que en realidad el color verde se debía a la transparencia de la suave corriente de agua del Júcar en aquella zona que dejaba ver el fondo del río y la vegetación que lo cubría. Afrontaba mi primera experiencia acuática en río con algo de miedo. No me había bañado nunca en ninguno y solo pensaba en lo desagradable que podría ser pisar suelo fangoso, engancharme piernas o manos con vegetación, amebas asesinas (es muy loco esto, lo sé), agua fría y poca visibilidad...

Que no os engañe el color verde. El agua era tan transparente que dejaba ver la vegetación del fondo.


Después de dejar la mochila en el guardarropa, ya cambiado, y acercarme a la salida, viendo salir unos minutos antes que nosotros a los nadadores que participaban en el 5000, cuando llegó el momento de echarse al agua, todavía no terminaba de sentirme seguro ni confiado.

La salida se daba dentro del agua, detrás de la línea imaginaria que unía una boya y la zódiac de protección civil y hubo tiempo para calentar allí un poco cuando los últimos nadadores de la prueba larga abandonaron la zona. Unos escalones permitían entrar cómodamente al río en un tramo en el que a dos o tres metros ya no haríamos pie.

Veía a gente caminar dentro del agua, sin que pareciera que el fondo fuera desagradable, pero yo no lo tenía claro todavía. Me tiré de cabeza y di unas cuantas brazadas, sin sacar la cabeza para respirar, inconscientemente, por miedo a tragar agua supuestamente sucia o contaminada.
La realidad fue muy diferente. El agua estaba fresca, a una temperatura muy agradable, mejor que en el mar en estas fechas, más fría. La claridad bajo el agua era sorprendente. Se veía muchos metros de río en todas direcciones y había mucha vida acuática. Primero un par de pececillos pequeños, luego un banco pequeño de otra especie pasando cerca... Cuando empecé a nadar con comodidad y confiado, además, la ausencia de cualquier tipo de sabor u olor en el agua terminó de darme confianza. La vegetación, los peces, el agua limpia... Sin haber empezado a competir ya era fan incondicional de la natación en ríos. Por otro lado, no todo eran buenas sensaciones. Notaba las piernas muy cansadas todavía y la flotabilidad, mucho menor que el mar, obviamente, hacía que me costara un poco más de lo normal algo tan simple como mantenerme estático, a flote.
No quise gastar energías y salí del agua, atreviéndome en aquella ocasión a pisar el suelo y los escalones de salida, sin que hubiera sensaciones desagradables ni un terreno demasiado resbaladizo.



Cuando llegó el momento de iniciar la competición me eché de nuevo al agua tratando de quedarme en las últimas posiciones del grupo. No era mi día, lo tenía claro, por el cansancio acumulado, y al ser una prueba puntuable para no recuerdo qué prueba autonómica me pareció que había mucho nivel entre los 150-200 nadadores que me pareció que seríamos esa mañana.

El arranque de la competición fue tranquilo. El río era lo suficientemente ancho para dar cabida a una salida sin agobios ni golpes, y no costó encontrar mi sitio pocos metros después de la salida.
Sentía que no iba muy rápido, y eso que, en teoría, la primera mitad del recorrido era a favor de la corriente, según me dijeron días antes. Aquello no tenía nada que ver con la natación en el mar. Tenía mucha vegetación a la vista bajo el agua y también en la orilla del río cuando respiraba. Nadar allí era una gozada, aunque no estuviera ni al 75% de energía.

Salida

Después de un pequeño momento de agobio, al pasar un pequeño tramo en el que la vegetación era más alta de lo habitual y las brazadas se enredaban con algunas plantas, me quedé junto a un grupo de nadadoras que parecían llevar un ritmo idéntico al mío. Se iban dando relevos entre ellas y yo, casi sin darme cuenta, acabé metido en aquel intercambio de posiciones constante hasta casi el final de la prueba.
No llevaba reloj, al estar prohibido por los jueces y ser motivo de descalificación (pude comprobar que era cierto después, en la clasificación, al ver a un par de nadadores descalificados por este u otros motivos), pero no lo necesitaba para saber que estaba nadando muy lento.



Costaba deslizar, los brazos se sentían cansados y las piernas no daban para mucho más. No dejaba de pensar que, en el camino de vuelta, por el lado contrario, deshaciendo el recorrido, si la primera mitad había sido con corriente a favor, nadando después a contracorriente la cosa iba a ponerse difícil.
En un par de ocasiones eché la vista atrás y me pareció, además, que no había muchos nadadores detrás de mí. ¿Estaba cerrando la competición yo y no lo sabía?

No le di más vueltas, centrado únicamente en completar la primera mitad del recorrido y tratar de mantener el ritmo que mis acompañantes mantenían sin ningún esfuerzo y que más de una vez sufrí por alcanzar, quedándome algo rezagado en un par de ocasiones.



La boya que indicaba el giro apareció por fin a lo lejos. Giramos 180 grados y me mentalicé para empezar a sufrir corriente arriba, pero me había equivocado. No costaba tanto avanzar. Echando un vistazo al fondo del río descubrí (no sé por qué no reparé antes en esto) que las plantas se inclinaban, como era lógico, en el sentido de la corriente, dejando claro que el primer tramo había sido remontando el río y que después del giro nadábamos con la corriente a nuestro favor.

Por desgracia, aunque sí había notado la suave frenada que provocaba el agua en contra en el primer tramo, en el segundo, la ventaja de nadar a favor de la corriente no me pareció ayuda suficiente para subir el ritmo. Quedaban 1000m escasos por delante y estaba cansado. Conseguía mantenerme junto al grupo de chiquillas inicial y así, intentando mantener su ritmo, me mantenía concentrado de vuelta a la zona de salida.

Recordé el tramo de vegetación alta en el que me había enredado poco después de la salida cuando pasé de nuevo por allí. Me dispuse a dejar atrás rápidamente aquella zona y no agobiarme, pero en sentido contrario, deshaciendo camino, no me encontré con aquel obstáculo. Me animé, mientras decidía echar el resto cuando tuve a la vista la meta, un control de chip flotante que obligaba a sacar la mano del agua para registrar la llegada. Nada de correr a pie hacia la meta los últimos metros, por primera vez desde que empecé a participar en estos eventos.

Aceleré, y tuve la sensación de que mi joven grupo acompañante hacía lo mismo. No sé bien de dónde salieron las fuerzas, pero logré dejar a mis compañeras de travesía atrás y encabecé la llegada lo más rápido que pude, sorprendido por aquellas energías con las que no contaba.






Paré el crono en 52:02, acabando en la posición 85 de 142 en la general, 21 de 35 en mi categoría y 66 de 97 hombres. Un ritmo no muy rápido, algo peor que 2'/100m, y una posición algo lejos de la media, pensé, pero no había físico para más, y menos contra tanto nadador experimentado aquella mañana y nadando en río, asumí deportivamente, mientras daba buena cuenta de un avituallamiento completísimo, con fruta, bebidas e insanos, pero terriblemente adictivos (maldito azúcar, mi perdición) donuts y bizcochos.

Revisando las clasificaciones pude ver que no era el único alicantino por allí, encontrando nadadores de TriNet o de Finisher Benidorm, como Fabián Villena, una máquina de nadar que "yendo suave", según me contó, reservando para Isla de Benidorm, acababa entre los primeros puestos de la travesía corta.

Comentando la jugada con Fabián, de CD Finisher Benidorm

Por mi parte, desde que entré al agua ya sabía que iba a volver a nadar en Antella. El entorno, la calidad del agua, la vida acuática y vegetal que nos rodeaba mientras nadábamos... Todo invitaba a regresar, aunque nadar en río, tal como me habían comentado, es más duro de lo que parece. El 2500 caerá otro año, y sé que el 5000 también, llegando con más descanso, eso sí.

Ahora, después de una semana de descanso, toca pensar en la temporada que empieza en septiembre. Casi (todavía está pendiente el Peñon en septiembre) despido el verano acuático en Loriguilla, el 31, en mi primera travesía a nado en pantano, y esa misma tarde me acercaré a Hondón de las Nieves a correr su 5000. Después, ya en septiembre, Pins i Mar y Rojales serán las elegidas para intentar empezar a correr ligero después de julio y agosto, aunque, como ya os contaré, el 2019/20 se va a centrar de nuevo en actividades acuáticas.

Os cuento cómo va todo en la próxima entrada del blog.
Gracias por estar ahí.

Saludos.

Comentarios

  1. A lo del río me apunto el año que viene, ojalá siga tan limpio, y por supuesto, lo duro al principio

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    1. Aunque estaba reventado desde el principio la experiencia me gustó muchísimo. Cuento contigo pues para la próxima edición :-)

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