TRAVESÍA SANTA FAZ 2019



"No me va a gustar nadar". Esta fue mi contestación, hará algo más de dos años ya, cuando me propusieron apuntarme a clases de natación con el grupo dirigido por Alejandro Asensi, en el mismo equipo que después se transformaría en el Club de Natación Aquatic de Alicante.
Recordaba la última vez que había dado brazadas en una piscina, con unos 18 años, acompañando a mi hermana para que nadara durante todo un mes de agosto intentando resolver sus problemas de espalda y solo de pensar en volver a meterme a una piscina a dar vueltas y más vueltas ya sentía una pereza infinita.

Me equivocaba. Nunca habría imaginado hasta qué punto mis predicciones eran erróneas. Aquello resultó ser una de las mejores decisiones que he tomado en muchos años. Apenas podía acabar a crol los 50m de la piscina olímpica cuando empecé y unos meses después, valiente (inconsciente tal vez) de mí, me apuntaba a mi primera travesía a nado, la versión más corta del ya desaparecido Oceanman de Tabarca, donde llegué el penúltimo a la meta de un trayecto de 2000m, entre rampas de gemelos y muchos desvíos sobre el trazado oficial.

Lejos de rendirme, aquello me impulsó a seguir entrenando, mientras alucinaba con los nadadores que en esa misma jornada nadaban la distancia más larga, 10000m, algo que entonces me parecía una locura y totalmente fuera de mi alcance.

Y, lo que son las cosas, el domingo pasado, después de dos años y medio aproximadamente, era yo el que se ponía en la línea de salida de una travesía de distancia similar a aquella que veía con admiración en mis comienzos como nadador, con los 9000m de la travesía de Santa Faz por delante.

NOTA: El ladrillazo que te espera a partir de ahora no es pequeño xD. Avisado estás, que me dejo llevar por el subidón de la travesía y...

Recorrido impresionante



La idea ya rondaba por mi cabeza durante el verano pasado y ganó fuerza a final de otoño, en mitad de una pequeña crisis de motivación en mi actividad como corredor aficionado. Me estaba quemando en el asfalto. No me apetecía nada entrenar, echar el hígado en series, fartlek, cuestas... La preparación de la travesía, a principio del invierno, fue mi tabla de salvación. Sí que me veía capaz de prepararla, notaba que en el agua mejoraba muy rápido, tanto en el mar como en la piscina, y lo vi claro. El objetivo deportivo de la temporada, después de muchos años ocupado en maratones, cambiaba de medio.

Le tenía tanto respeto, tanto miedo al reto, que me lo tomé igual o más en serio que cualquier entrenamiento maratoniano de asfalto. Hubo muchos entrenamientos a horas en las que debía estar preparando cena y casi pensando en pijama y sofá, saliendo de la piscina a las 22:30. Semanas de 4-5 días de nado. Sesiones que llegaron a acumular 5000m entre unas series y otras. Todo me parecía poco para lo que estaba por llegar, pero cuando se fue acercando la fecha los resultados empezaron a verse. Nadaba más rápido que nunca (sigo siendo un paquete, ojo, solo que más resistente), la semana anterior finalizaba los 6000m de Oceanman Benidorm en un tiempo impensable hace meses y caían mis récords personales de 50, 100 y 200m en la piscina.
Parecía que había cumplido con el trabajo, pero... ¿sería capaz de finalizar la travesía? ¿qué habría más allá de los 6000m en aguas abiertas, la distancia más larga que conocía?



Llegó el gran día. Tocaba madrugar para estar en la zona de meta y coger el TRAM que nos dejaría en la salida, en la playa del Postiguet. Compartía viaje con Pascal, conocedor de la travesía al haberla nadado el año pasado y "soportador" de mis dudas y miedos en todo lo referente a este reto deportivo junto a mi entrenador Álex, Jose Quílez, Marcos Romano y Ramón, que también me han tenido que sufrir un poco (un mucho, más bien) durante toda la preparación ¿Cómo estaría el mar? ¿a qué ritmos salíamos? ¿quién vigilaba los grupos de nado?

Mi cara de camino a la playa lo decía todo...


Una vez en la playa del Postiguet me reuní con el resto del equipo, que participaban en la travesía en grupos más rápidos o ayudaban en la organización como voluntarios (impagable la labor de estos últimos). Había nivel allí, pensaba mientras me preparaba. Crivillés, Caselles, Pomares... muchos y muy buenos nadadores. Alguno venía casi de empalme de la Transilicitana. Alucinaba y sigo alucinando con el nivel que hay en este deporte en Alicante.


Revisé la boya por última vez antes de dejar la bolsa en el guardarropa. ¿Lo llevaba todo? Pastilla de biodramina antes de salir, gafas de repuesto y un segundo gorro por si hacía demasiado frío y debía ser doble, gel en la manga del neopreno y dentro de la boya... Parecía que lo tenía todo controlado.
El mar que se había visto plato en el trayecto en TRAM hasta la playa empezaba a cumplir con los pronósticos meteorológicos. Las primeras ondas y olas suaves ya hacían acto de presencia mientras mi grupo, el más lento de los 4 en los que la organización dividía aquella travesía no competitiva, iniciaba la marcha.





No hacía mucho frío, o no tanto como el domingo pasado, algo que agradecí, teniendo en cuenta que no esperaba estar en el agua menos de 3 horas. ¡3 horazas! Creo que no me equivocaba cuando me planteé nadar aquello y tomármelo como un entrenamiento de maratón. 3 horas seguidas de actividad física no eran algo que debiera tomar a la ligera.

El trayecto no tenía mucha complicación. Línea recta desde la playa del Postiguet hasta el Cabo y giro a la izquierda allí, unos 7500m después, para llegar finalmente a la playa de San Juan. Guiados por voluntarios haciendo paddle surf y kayaks nadé los primeros metros algo asustado. La cabeza me la jugaba con muy pocos metros nadados ¿Lo que sentía en el estómago era el desayuno revolviéndose? ¿Era cierta la predicción de mala mar a mitad de travesía? ¿Me obligaría a estar mucho más tiempo en el agua?




Respirando a izquierda siempre me daba la impresión de que no avanzábamos muy rápido. La cantera, la Albufereta... tenía la sensación de no moverme a la velocidad requerida para mi grupo que, por otra parte, no estaba regulado aparentemente por nadie de la organización, ni al principio ni al final, vigilando que el ritmo fuera el correcto.

Me imaginé los dos avituallamientos de la travesía como dos metas volantes, en el 3000 y en el 6000, y conseguí concentrarme poco antes de llegar al primer barco con comida y agua. Miré el reloj por primera vez y vi que había nadado mucho más rápido de lo esperado. Una hora para nadar unos 3000m. Me animé, ya que no tenía la sensación de haber nadado a ese ritmo. Me había parecido mucho más lento. Saludé a Marcos, uno de los miembros de la tripulación de ese barco de avituallamiento, bebí agua y me comí un plátano. Además, saqué el gel de la manga, un Power Gel, de los que ya había probado en carreras, para no jugármela.

Primer avituallamiento


Con ánimos y fuerzas renovados salí de nuevo mirando al frente, viendo el faro a lo lejos y siendo consciente por primera vez del avance de la travesía. El sabor familiar del gel me trajo a la memoria las carreras largas y cómo entonces mantener la cabeza fría era vital, si todavía había 10, 20 o 30km de asfalto por delante. Apareció frente a mí, por primera vez, un voluntario que me confirmó que, aunque parecía que nadaba cada vez más solo, estaba en el grupo correcto, y se ofreció de referencia a seguir para mantener el trazado correcto en la travesía, algo vital en un recorrido sin boyas como aquel.



Me notaba fuerte. La visión del faro a lo lejos me había levantado la moral y en cada respiración el paisaje cambiaba con más rapidez, dejándome ver, al fin, los edificios cercanos al cabo. Este subidón de moral se reprimió un poco por un mar que empezaba a ser complicado de nadar. Costaba acompasar las brazadas a las subidas y bajadas del agua, seguía sin verse absolutamente nada bajo el agua turbia y era necesaria toda mi concentración para que la cabeza no me la jugara. Si había podido ir a más de 1:50/100m la semana pasada durante 6km ¿no iba a poder ir más lento y cumplir aquella mañana con la distancia?

El mar empeoraba por momentos y ya no veía a demasiados nadadores cerca de mí. La segunda meta volante que había imaginado, el segundo barco, daba la impresión de no aparecer nunca en un horizonte imposible de divisar con el oleaje. Tuve la impresión de haberme desviado, pero cuando ya pensaba que no aparecería nunca el avituallamiento pude ver a un grupo de nadadores a lo lejos y, junto a ellos, la embarcación que marcaba el fin de la segunda etapa de mi travesía.

El oleaje hacía muy difícil coger agua o plátanos, y sacar el segundo gel de la boya fue toda una odisea (nota mental: Tienes dos mangas. Podías guardar ahí dos geles y no solo uno). Intenté perder muy poco tiempo y arranqué rápidamente dispuesto a ver bien cerca por fin el faro del cabo, el área de giro hacia San Juan.

Las previsiones meteorológicas se cumplían y también los pronósticos de nadadores expertos. "El giro del cabo es complicado, por las corrientes y el oleaje", había escuchado.
De golpe todas las olas iban en mi contra, frenándome. Cualquier intento de sincronización con el mar, de unión armónica con la Naturaleza, era imposible. Tocaba apretar los dientes y pelear contra los elementos y contra una molestia en el hombro derecho que había tratado de ignorar muchos metros atrás pero que en aquel momento ya se había transformado en algo más, cercano a lo doloroso. ¿Aguantaría el hombro sin lesión? Después de tanto entrenamiento, ¿nos sacarían del agua si el estado del mar seguía empeorando? En ocasiones, en los sube baja del agua, el fondo rocoso del cabo aparecía demasiado cerca de nosotros ¿No nos habíamos acercado demasiado a la costa en ese punto? Para terminar de hacer incómoda la situación, el segundo gel no terminaba de digerirse bien y estando en posición horizontal más de una vez sentí demasiado cerca de la garganta el contenido dulce de aquel último chute de energía.

Pensamiento maratoniano, me dije. Estás entrenado, me repetía. Aquello DEBÍA ser capaz de terminarlo. No pensaba más que en regular bien la respiración, forzar lo menos posible la brazada derecha y tratar de transformarme en zurdo por unos minutos, cargando algo más sobre el lado izquierdo  para dar descanso a mi hombro derecho. Concéntrate, pensaba. El giro a la playa estaba cada vez más cerca.

Foto del faro del cabo para ilustrar la crónica.
El mar no tenía nada que ver con el de la imagen...

Y apareció. No sé en qué momento, en una de las brazadas miré a la izquierda y vi la cara norte del cabo. Aquello era la mitad del camino de uno de los entrenamientos clásicos de los nadadores de Alicante, la ruta de Pajaritos, desde la playa hasta ese punto y vuelta. Eché la vista más adelante y ahí estaba la arena de San Juan. Mi playa. El lugar donde había entrenado por primera vez en aguas abiertas y aula natural para la natación con mi club en verano.

Había por delante algo menos de 2000m, pero en aquel punto yo ya había terminado la travesía mentalmente. Aquello estaba hecho, me dije. Tal como sucedía en la meta de los maratones, los pensamientos se agolpaban en mi cabeza y una profunda satisfacción y felicidad me invadían, aunque tenía más de km y medio por delante. No sabía cuánto tiempo llevaba en el agua peleando con el mar, pero sí sabía que, sin llegar a la playa todavía, ya había cumplido con el reto. Se me hizo un nudo en la garganta y fue necesario reprimir algún lagrimón de felicidad para no morir ahogado en el último momento.

Después del giro del cabo la organización nos daba libertad y podíamos nadar sin seguir a ningún grupo, algo que yo tuve la sensación de estar haciendo desde el principio, sin necesidad de frenarme o avanzar más rápido guiado por nadie. Vi a pocos metros al que parecía ser el pequeño pelotón de cabeza de mi grupo y me dije que era capaz de alcanzarlos.

En aquel momento el mar estaba peor que nunca y las olas ya rompían a menudo sobre mí, pero curiosamente en San Juan se nadaba mejor que en la zona más complicada del cabo. Alcancé y superé al grupo y seguí avanzando en diagonal hacia las carpas naranjas que, a lo lejos, en la arena, indicaban el final de la travesía. Era muy difícil contener la emoción y no respirar de forma entrecortada. Tanto tiempo entrenando, tantos meses preparándolo... y ya estaba en la meta.


En esta imagen y en las siguientes se puede ver el estado del mar.
Lo más movido que he nadado en ninguna travesía

Como en todas mis travesías, el roce de mis dedos con la arena me indicaba el momento de ponerme en pie. Había mucho público y muchos nadadores ya en la arena. Me apoyé por unos momentos en las rodillas confiando en no sufrir mareos después de tanto tiempo en horizontal y tanto oleaje y una vez confirmado que todo estaba en orden salí del agua. Paré el reloj en menos de 3 horas, 2:58:44,  algo impensable aquella mañana con aquel mar embravecido y tanta distancia. Había detenido el Garmin en los dos avituallamientos para tener siempre claro el ritmo en movimiento, así que tal vez había estado en el agua 8-10 minutos más.





Aquello era lo de menos esa mañana. Si habéis completado un maratón y pensáis que cruzar su meta no tiene igual, en cuanto a sensaciones y desmadre químico en la cabeza entre endorfinas, adrenalina o lo que sea, creedme, finalizar la travesía del pasado domingo es tanto o mejor que esa experiencia.

En la meta me esperaba Jose Quílez, que como Pascal y Álex habían aguantado mis neuras durante la preparación y allí me felicitaban por el reto conseguido. También estaban en la arena el resto del equipo, los bestias que habían terminado mucho antes en los grupos más rápidos y los voluntarios.
También andaba por la orilla Sonsoles, autora de mi foto triunfal en la meta (¡gracias!) y otros miembros de Aquatic que no participaban en la travesía pero que se habían acercado a saludarnos (Laura, Mario, Maribel... ¡muchas gracias a todos!)



Con el gran (humana y deportivamente) Jose Quilez.




Había sido increíble, una de las mejores experiencias deportivas y vitales de mi corta etapa de deportista aficionado. Entrar en el agua en el Postiguet y salir en la playa de San Juan resultó ser tan gratificante o más que cualquier otro reto deportivo tan exigente y tanto entrenamiento, como sucede preparando maratón, me había transformado física y mentalmente. No podía estar más agradecido a la vida por permitirme disfrutar de todo aquello.

Acabé muy entero, y creo que habría sido capaz de redondear la distancia y llegar a los 10000 de haber sido necesario, algo que creo que confirma que el entrenamiento ha sido el adecuado (tal vez me excedí, del miedo que tenía ja, ja, ja) No puedo dejar de agradecer los ánimos a todos los que se interesaron en algún momento por esta locura acuática: mis queridos hermana y cuñado, Gal, Rafa, Pascal, Jose Q., Marcos, Álex, padres... Sois parte muy importante de lo que sucedió el domingo.  También es de obligada mención el trabajo espectacular de RC7, organizadores de la travesía. Vigilar y cuidar tan bien como lo hicieron a 300 nadadores antes, durante y después de la travesía, además de colaborar con AEAL y hacer la travesía con el mínimo impacto ambiental es un trabajo merecedor de ovación en pie. ¡Gracias a todos!

Gorro para cuidar bien (y lucir en algún entrenamiento, que costó lo suyo merecerlo)
que ya tiene un lugar de honor junto a medallitas de finalización de maratones

Por mi parte, tengo claro que esto se va a repetir. Siento que hay margen de mejora en el agua y quiero saber hasta dónde puedo llegar. Se acerca el verano y toca disfrutar de todas las travesías que aparecen en el calendario con distancias más "normales" y de los acuatlones de Xeraco y el Cabo si el trabajo lo permite, además de seguir entrenando con el club a tope. Estoy tan motivado que hasta me he apuntado al autonómico master del próximo primer fin de semana de junio.

En cuanto a carreras, sigo sin verme metido en pruebas tan largas como maratón otra vez. Condicionan demasiado el planning semanal de entrenamientos y me frenarían, seguro, en la parte acuática, y ahora mismo eso lo disfruto tanto que no quiero cambiar. Aun así, ya tengo a la vista dos o tres carreras que me motivan muchísimo, aunque sin tanto entrenamiento de asfalto el tema de las marcas haya que dejarlo en segundo plano. El día 9 de junio, los 15km de la nocturna de Valencia con Ramón. La semana siguiente, vuelta a la subida al Bali y sus escaleras infinitas (más de 900 escalones) y 52 pisos de altura. En noviembre, la carrera estrella del año, Behobia San Sebastián, compartiendo prueba y viaje con el gran grupo de amigos que me acompaño al maratón de París en el 2017.

Como veis, nada de quedarse quieto, en resumen. No creo que supiera vivir de otro modo ya.
Os cuento cómo va todo en la próxima entrada del blog.

Gracias por estar ahí.
Saludos.


Comentarios

  1. He vivido contigo este reto, y estaba seguro de que lo conseguirías. Para los que No hemos sido nadadores es un reto descomunal, al nivel de una ultra de montaña

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    1. jjajaja gracias Gal, aunque yo no lo igualaría con ultras, teniendo en cuenta el tiempo dedicado a completarlo. Maratón tal vez. Para ultras...la tuya, joer. Ahora algo de correr para que no se me olvide jaja pero con calma.

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