I TRAIL LA MOLA D'OLTÀ



Cómo ha cambiado todo desde la última publicación del blog, el pasado 9 de marzo. Quién iba a decirme que aquella carrera de la base aérea de Alcantarilla iba a ser la última en mucho tiempo, al menos tal y como conocíamos las carreras populares hasta entonces. Nueve meses después participar en algo como aquello, miles de personas corriendo, abrazos, avituallamientos de meta interminables, sin distancia interpersonal, ni mascarillas, ni geles ni la madre que los parió es impensable a medio plazo, creo que ni siquiera con una vacunación extendida como puede que haya cuando llegue el verano del 2021. Quién sabe si en otoño...

Personalmente, el confinamiento trajo un parón de carreras y entrenamientos lógico, pero para mantener la cabeza medio estable, apareció en mi rutina diaria el ejercicio de fuerza en casa. Se convirtieron en habituales los vídeos de clases dirigidas que tanta salud mental han salvado (creo que Patry Jordan, Fausto Murillo o Sydney Cummings no pueden imaginarse hasta qué punto les debemos haber mantenido la cordura en aquel encierro) y el gimnasio casero (mancuernas, gomas...todo me valía).

Contra todo pronóstico, salí del confinamiento con el porcentaje de grasa corporal más bajo que recuerdo en años, sintiéndome fuerte y deportivamente muy motivado. Dando por hecho que había perdido forma corriendo, empecé a entrenar sin pensar en marcas, mantuve los ejercicios de fuerza y el control de dieta y descubrí de nuevo el placer de la carrera sin objetivos. La gran sacrificada fue la natación, que ha ido perdiendo peso en el planning semanal hasta desaparecer este mes por completo, ya que ni puedo mantener la asistencia regular a los entrenamientos con el club ni me motiva volver a meterme al agua otra vez aunque sea por mi cuenta, no al menos hasta el verano.

En su lugar, junto al gimnasio casero, ha aparecido en escena la carrera por montaña, el trail, una modalidad deportiva de la que siempre renegué desde que corriera por última vez algo medio serio allá por el 2014, en la subida al Montcabrer. Aunque entonces entrené para llegar en condiciones de poder con la carrera, me sentí siempre muy torpe y sin fuerzas ni motivación para ser regular entrenando montaña y mejorar. El miedo a despeñarme fue más fuerte siempre y abandoné sin darme una oportunidad de progresar.

Esto ha cambiado desde el pasado mes de septiembre, casi sin proponérmelo ni pensarlo. Una salida al Cabeçó d'Or con mi amigo Rafa, después de varios entrenamientos de asfalto por mi cuenta en los que me sentí muy ligero y rápido (increíble lo que se consigue quitándose presión de tiempos, plannings, etc. , solo dedicando tiempo a los ejercicios de fuerza y vigilando la dieta) y me enganché. Otro fin de semana al monte un par de semanas después, otro más tarde... Al final, quedar los sábados para madrugar con Rafa y quien quisiera unirse corriendo por montaña se convirtió en costumbre. Cada vez más km, más desnivel acumulado, y el siguiente reto apareció en el horizonte también sin buscarlo. Rafa estaba participando en el circuito de carreras de montaña de La Marina, de las pocas pruebas deportivas que parece que pueden seguir organizándose, y después de echar un vistazo al calendario un día de entrenamiento montañero exigente, con casi 20km de circuito y un desnivel que quitaba el hipo me dije que por qué no hacer como cuando me puse un dorsal por primera vez en asfalto. ¿Por qué no empezar de nuevo en el trail con una media de montaña? La distancia entrenada con Rafa todas las semanas y la dureza de los circuitos que elegía mi amigo y, sobre todo, mis sensaciones, invitaban a aceptar el reto sin dudar.

La elegida, finalmente, fue la Mitja Marató d'Oltà, en Calpe, de la que cualquier corredor de montaña de Alicante solo puede comentar cosas buenas, por lo que pude investigar.

Los cambios en el reglamento por culpa del maldito virus hicieron, a última hora, que la organización dividiera la carrera en dos grupos para adaptarse a las nuevas normas, que impedían organizar una carrera de más de 150 participantes. El Grup de Muntaya de Calp (sobresaliente en toda la organización) acortó el circuito, dejándolo en 16km en lugar del medio maratón, y sacó una prueba temprano, con 150 corredores, y otra a las 11:15 (en la que acabé yo, por nº de dorsal), con los 100 restantes. Se iba a paseo mi objetivo de correr una media de montaña, pero al menos podría ponerme un dorsal de nuevo, después de tantos meses de parón competitivo.


Recién llegados
Recién llegados

Los últimos coletazos del otoño alicantino nos regalaban el pasado día 13, a las 11 de la mañana, un día soleado y caluroso, en el que todo lo que llevaba preparado para soportar el frío sobraba. Llegué con Rafa con mucha antelación a la zona de salida para prepararnos tranquilamente y echar un vistazo a la primera prueba, que pocos minutos después de que llegáramos vería cruzar la meta a sus ganadores.

El ambiente deportivo no tenía nada que ver con el de cualquier carrera que recordara. Poca gente, mascarillas, tomas de temperatura al acceder al recinto... Una atmósfera fría y desangelada a la que tocaba sobreponerse y que por suerte no influía en mi estado de ánimo. Iba a correr mi primera carrera de montaña en muchos años y, a diferencia de lo que recordaba de mi breve incursión montañera entre el 2013 y 14, esta vez sí que me notaba en forma. Calentamiento breve después de cambiarnos y guardar la impresionante camiseta de la prueba y en pocos minutos, a competir.


Nos situamos en la zona de salida en las marcas que había en el asfalto para asegurar una separación de seguridad suficiente entre corredores, con la mascarilla cubriéndonos boca y nariz, mientras descubríamos que nos había tocado participar en la carrera que congregaba a la élite de la prueba. Sin ser yo un experto en el trail local, no tuve problemas para reconocer entre mi grupo a Cardona, Sellés, mi compañero de SkyRunners Raúl Giner o, en la parte femenina, a María Fuentes o Ana Tauste. Mucho nivel.

A ritmo de Muse la carrera empezó puntual y en 500m Rafa y yo ya estábamos en la cola del pelotón, que avanzaba a un ritmo infernal los 2 primeros km del circuito, los más llanos y correderos. Sin quererlo, nos dejamos llevar y pasamos un primer mil a unos excesivos 4:40m/km que apenas pudimos controlar en el segundo, que pasó a 5'/km.

Poco después la carrera ya nos ponía en nuestro sitio y tocaba regular fuerzas e incluso andar en las zonas más escarpadas, pues lo más duro del circuito todavía quedaba lejos.


Habiendo cruzado la nacional allá por el km2,  hasta el km 4'5 podíamos alternar trote y caminata rápida, siendo alcanzados por la cabeza de la segunda salida de nuestra carrera poco después. El avituallamiento del km 4.5 no podía estar mejor situado. Zona llana después de un tramo exigente, cómoda para beber un poco y recuperar el aliento. Agua, isotónico y a seguir.

El siguiente tramo de carrera era prácticamente imposible de correr para mí o para Rafa, siempre a mi lado en el ascenso, pero sentí que subíamos rápido y el cuerpo no protestaba demasiado. Había fuerzas y los entrenamientos nos habían preparado para superar sin problema aquella subida. El camino, estrecho y entre árboles, ayudaba a llevar un poco mejor el esfuerzo mientras se disfrutaba del paisaje, cerrado entre árboles y en silencio al correr muchos metros en solitario.

Vista aérea de parte de la última subidita...

Un breve descanso por la pista que encontrábamos a izquierda, sobre el km 5, nos permitía recuperar el aliento durante unos 500m antes de afrontar el tramo estrella del recorrido, un corte rocoso terriblemente vertical que nos llevaría (creo que ese es el nombre) al Pinet. La subida puso a prueba la resistencia de las piernas, recordando a veces la verticalidad del ascenso de la pedrera del Puig. En este punto del circuito sí que sentí que el corazón y las piernas lo daban todo para mantenerme constante en la subida y hubo un par de momentos en los que el calor hizo ese ascenso especialmente duro, pero una vez terminada la subida, ya teníamos prácticamente todo el ascenso completado.








Todavía tendríamos que subir un poco más después de una suave bajada , girando a la izquierda, llegando, creo (de nuevo no estoy seguro de los nombres) a la Mola, el punto más alto del recorrido, donde al fin se iniciaba la bajada.

Las vistas compensaban el esfuerzo. Solo por el paisaje que teníamos delante ya valía la pena sufrir un poco aquél último tramo que dejábamos atrás. Me despedí de Rafa, sabiendo que su habilidad en la montaña haría que lo perdiera de vista rápidamente en el descenso, una bajada que, sobre todo en los primeros metros, era incomodísima para correr. La roca desgastada y llena de huecos no me daba mucha confianza y mis pasos fueron muy lentos en el inicio. Una compañera de carrera anónima, que me fue adelantando en los tramos de bajada y a la que yo alcanzaba en los de subida, volvió a alcanzarme en este punto y le cedí el paso una vez más mientras nos despedíamos bromeando hasta la siguiente subida, si la había.

Con el grupo estirado y la poca participación de mi carrera, 100 corredores, en aquel momento ya corría prácticamente solo. Con Rafa fuera de mi campo de visión y ni un solo corredor delante me olvidé de las marcas y los tiempos. Había subido muy bien, pensé, así que ahora podía permitirme bajar más lento. No importaba. La seguridad era lo principal. Me notaba con fuerzas y pensaba que las piernas iban a soportar todos los km de descenso sin flojear, así que me dediqué a disfrutar de la bajada, sin más.

Tardé en abandonar el tramo más técnico, pero una vez alcanzada una zona más corrible empecé a ganar velocidad. Aun así, me alcanzaban uno tras otro muchos corredores a los que había dejado atrás cómodamente de subida hacía muchos metros ya. Maldije, para qué engañarnos, por perder tantas posiciones después de una subida tan buena, pero no perdí la calma. Había que aceptar mis limitaciones en los descensos deportivamente, pues sin experiencia la velocidad (con seguridad, al menos) era difícil.

Un corredor apareció allá por el km 8 para animarme un poco. Fue danto tirones hasta ponerse a muchos metros por delante de mí. El pique estúpido de las carreras de asfalto apareció también en la montaña. Fui acelerando por caminos cómodos, de pista limpia y muy corrible intentando que no se alejara demasiado, pero sentí que tenía mucha sed allá por el km 9, todavía con muchos km por delante y el avituallamiento del km 4.5 todavía lejos. Llevaba un par de softs con agua y un gel en el chaleco, así que, como las marcas no importaban, me detuve, bebí, me tomé el gel, y con energía renovada salí a la caza de mi liebre inesperada.

El amigo pareció flojear en un largo repecho que yo no esperaba pero que subí sin mucho sufrimiento. Echamos a andar los dos, pero mis habilidades escaladoras (yo diría que subiendo ya no soy tan paquete como lo era hace tiempo) me llevaron a sacarle muchos metros solo dando zancadas largas y andando rápido. Lo perdí de vista en cuanto se pudo correr de nuevo con normalidad y cogimos un tramo de pista ancho y en el que era posible ganar velocidad, momento en el que me sentí con fuerzas y animado para afrontar la parte final de la carrera, pero en el que también sentí que la vejiga pedía a gritos una parada de emergencia.

¿por qué habiendo una rampa al salir del túnel
decidí dar saltitos por los palets? Nadie lo sabe...


En otras circunstancias me habría aguantado, pero en aquella carrera, sin importarme mucho las marcas, pensé que no tenía sentido correr incómodo. Paré en un lateral de la pista, alivié la carga rápidamente y retomé la carrera.

Todavía era alcanzado de vez en cuando por algún corredor, que me recordaba mentalmente lo mal bajador que soy en la montaña y hería mi estúpido orgullo un poco, pero el camino cada vez era más fácil de correr, en mitad de un espectacular paisaje típico de montaña, estábamos resguardados del sol y el avituallamiento que no desperdicié en el km 4.5 me terminó de dar energías a la vuelta, al pasar por allí de nuevo, con agua fresca e isotónico.

Mantuve una breve disputa de posiciones con un corredor unos cuantos km, pero cuando alcanzamos los últimos 2.5km de la prueba, camino de asfalto o pista dura sin un solo bache, me sentí con fuerza para acelerar. Mi compañera de carrera de La Mola aparecía de nuevo delante de mí y era rebasada gracias a unas fuerzas inesperadas en mis piernas que me permitían moverme a 4:20/km

Otros corredores que me rebasaron rápidamente bajando ahora se veían superados por mí, que no podía dejar de acelerar sorprendido por haber regulado tan bien las fuerzas y tener energía para un acelerón tan rápido y prolongado.

Al final, con el sonido de la megafonía en la meta a lo lejos, un último esfuerzo y encaraba la curva de entrada al recinto de la meta, con los ánimos de Rafa en la última curva, ya con su carrera finalizada. Mascarilla arriba y un último sprint para acabar en 2:00:41 (maldiciendo por dentro por esos pocos segundos que me separaron de bajar de 2h. ¿Y si no hubiese hecho las dos paradas extras que hice?)






Posición 153 de 225 (alejado de la media, como era de esperar), 69 de 88 en mi categoría. Nada espectacular, pero admito que mucho mejor de lo esperado, pues creía que terminaría entre los últimos 10-20 corredores, por el nivel habitual de estas carreras y mi nula habilidad en los descensos.

A pesar de la clasificación, la moral estaba por las nubes, mientas me reunía con Rafa, que había terminado un par de minutos antes que yo. Recogiendo el bocadillo y la bebida del avituallamiento, solitario como obligaba el puto COVID, hice balance rápido de la carrera y era obligatorio estar contento. 16km de competición con un desnivel acumulado más que exigente y había regulado las fuerzas bien, había bajado sin matarme (juro que esto me daba mucho miedo, las bajadas) y había tenido fuerzas al final para correr a ritmos impensables hace tiempo. Estaba muy contento y premiarse mentalmente por lo conseguido hasta la fecha era obligatorio.




Con el "culpable" de que me haya enganchado a esto.
Mil gracias por todo Rafita :)


Espero que el año que viene se pueda organizar (ejemplarmente, como esta, gracias al grupo de montaña de Calpe, que no la canceló y la montó con todas las medidas de seguridad pertinentes) la carrera tal como esperaba correrla, en su versión de medio maratón llegando a la cima y añadiendo 300m de desnivel acumulado a la prueba. El paisaje y el circuito son un espectáculo para los sentidos y creo que es cita obligada para cualquier aficionado a la carrera por montaña.

Por ahora, toca seguir entrenando en esta nueva etapa deportiva que he empezado, dándole a la montaña y esperando que el maldito virus no obligue a cancelar mi próxima cita deportiva, que si nada lo impide será Granadella Trail, el próximo 7 de febrero.17km por una zona que, solo de verla en verano yendo a sus calas, ya promete ser espectacular corriéndola.

No pierdo de vista, por otro lado, mi objetivo de la temporada. Correr y acabar lo más entero posible una media de montaña sigue siendo mi principal meta, así que las pruebas del circuito de La Marina que sigan organizándose también caerán. Arrapapedres, Infernal Trail y los tropecientos escalones de la zona y, para finalizar la temporada y como gran objetivo, el día de mi cumpleaños, el 15 de mayo, el Trail de Confrides.

Tenía algo de miedo a volver a las competiciones pero he visto que, al menos en estas de montaña, hay distancia, mascarillas cuando puede haber aglomeración, controles de temperatura y salidas separadas que hacen que todavía pueda hacerse deporte con seguridad. Esperemos que dure y que pronto nos olvidemos de esta maldita nueva normalidad (cómo odio esta expresión) y volvamos a vernos todos a la carrera como siempre.

Nos leemos, espero, en un par de meses para contaros cómo ha ido el trail de Granadella.

Cuidaos.

Saludos.

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