BEHOBIA - SAN SEBASTIÁN 2019



Aunque el descanso maratoniano sigue activo, al ganar fuerza el gusto por la participación en pruebas más cortas y tener mucho más peso en los entrenamientos la natación, la reunión con mis grandes amigos de toda la vida Rafa y Ramón para un viaje deportivo es y espero que sea por muchos años una cita anual a la que intentamos no faltar ninguno de los tres. Nada como reunirnos con la excusa de una carrera y, a falta de ganas por ahora de maratón (por mi parte, al menos, porque ellos están muy fuertes y con un fondo envidiable), tocaba buscar algo que, aunque no fuera tan exigente sí que tuviera algo que lo hiciera especial, como sucede con la distancia reina del atletismo.

No hubo que buscar mucho. La elegida salió rápidamente en el listado de posibles carreras. Viajar al norte del país, juntarnos otra vez y tachar de nuestra lista de pendientes una de las pruebas deportivas más populares, con mejor fama y más participación (creo que solo la supera la S.S. Vallecana) de toda la península. ¿Cómo íbamos a dejar pasar la oportunidad de correr la edición del centenario de Behobia-San Sebastián?

El viernes tocaba palizón de coche para cubrir la distancia entre Alicante y Orio, la localidad donostiarra en la que conseguimos una casa donde alojarnos (ahora la RAE permite llamarla por su nombre con precisión: casoplón), increíble en todos los sentidos y muy bien situada. Mientras Rafa lidiaba como un experto conductor con la pesadez del trayecto, la previsión meteorológica se cumplía según nos acercábamos al País Vasco. Temperaturas cada vez más bajas, rozando la helada en algunos puntos montañosos, lluvia intensa... La edición de Behobia - San Sebastián (BSS en adelante) que habíamos escogido prometía ser épica. Hasta granizo anunciaban.



Nuestras vistas de camino al tren en Orio



El sábado la climatología dio tregua durante la mañana y gracias al eficiente transporte público pudimos olvidarnos del coche y movernos en Euskotren hasta la feria de la carrera, no tan grande ni bien surtida como la de un maratón, pero con stands interesantes que hicieron que me dejara llevar por mi espíritu más consumista. Cubre brazos, camiseta conmemorativa de Otso además de la oficial... reconozco que tuve que frenarme para no arruinar mi presupuesto mensual en una mañana.

Camiseta oficial





En la feria estaba todo perfectamente diseñado para recoger con rapidez la bolsa y la (preciosa, aunque Rafa lo niegue) camiseta, además de poder dejar la mochila para el guardarropa y comprar baratísimos los billetes de tren que nos llevarían al día siguiente desde Orio a la salida.

Con casi todo resuelto (solo quedaba correr), aprovechamos lo que el escaso buen tiempo permitió para hacer turismo por S. Sebastián y disfrutar de la gastronomía donostiarra gracias a las indicaciones del hermano de Ramón, que nos permitieron descubrir un local en pleno centro con comida de calidad y a precios que ya querríamos en algunos sitios de Alicante, además de ser atendidos por la que debía ser la camarera más bella de todo Guipúzcoa, que incluso siendo de la zona no podía evitar cambiar el gesto cuando le comentábamos que corríamos al día siguiente y nos decía: "vais a flipar chavales", refiriéndose al clima que nos esperaba.




Súper dieta deportiva, el día anterior a una carrera de 20km


¿Iba a ser tan duro? La madrugada previa así parecía anunciarlo, con tormentas intensas y viento que nos despertaron más de una vez durante la noche. Por fortuna, la mañana apareció sin lluvia ni viento y permitió llegar al tren sin mojarnos, aunque sí con mucho frío.
Según avanzábamos hacia Irún cada parada sumaba más y más corredores y ya en S. Sebastián en dos estaciones fue imposible recoger a nadie más. Las naves del recinto ferial empezaron a dejarse ver a través de las ventanas, anunciando nuestra llegada a FICOBA, y una vez en la zona cercana a la feria la experiencia de la organización volvía a demostrarse. A pocos metros, varios autobuses nos llevaban a la salida. 3km que podrían hacerse caminando, pero que poder recorrer sentados y sin frío aquella mañana parecía casi de vital necesidad.





Y una vez en la salida... espectáculo. Estábamos en una de las grandes, se notaba en el ambiente y en la participación. Más de 30000 corredores, dijeron, algo que a mí, personalmente, me impresionaba, pues lo más multitudinario que había visto fue corriendo el maratón de París en el 2017 entre más de 40000 personas, pero en una capital como la parisina y para 42km, no en la pequeña Irún para menos de la mitad de aquella distancia.

El día seguía gris y amenazando temporal, pero la lluvia se resistía a caer, así que pudimos caminar un rato junto al Bidasoa, disfrutar de las vistas y recorrer el larguísimo tramo de salida para comprobar la situación de nuestros respectivos cajones, empaparnos (todavía figuradamente) del espíritu festivo-deportivo de la carrera y ver por allí al gran Gebrselassie animando la zona élite.

Hasta el último momento, en casa, costó decidir qué ropa llevar para afrontar 20km de lluvia, viento y granizo. Ya en Behobia, todavía hubo dudas y guardé en la mano un chubasquero desechable que acababa de quitarse otro corredor. Con manguitos, guantes, braga al cuello, camiseta corta doble, chaleco impermeable, gorra y un chubasquero de plástico fino todavía no estaba claro que fuera a correr sin problemas.



La lluvia apareció, al fin, como era de esperar, mientras me despedía de Rafa y Ramón y buscaba mi sitio en la salida. Fuimos avanzando poco a poco, según arrancaban los cajones más rápidos y al final la cuenta atrás que escuchamos fue la nuestra. 3... 2... 1... Aquello empezaba y prometía ser épico.

El arranque de la carrera me lo tomé con mucha calma. No aspiraba a ninguna marca en concreto y solo pensaba en no sufrir demasiado. En el fondo me habría gustado, me decía, poder dejar el ritmo medio de la carrera en 5'/km, pero no había ido a BSS a pasarlo mal y perderme la fiesta deportiva que todo el mundo decía que era aquella prueba.

Sin ritmos en la cabeza y sin forzar, el paso por Irún y la llegada al punto más alto del circuito en esta ciudad ocuparon los tres primeros km. Corríamos ya sin lluvia, todavía muy juntos, más aún en el primer bypass de varios que hubo en el circuito para permitir el paso de peatones, gestionado ejemplarmente. Entre la cantidad de público animando, las calles estrechas, la subida constante... me olvidé del ritmo y me centré en pasarlo bien. No debía ir tan mal si la liebre de 1:40 todavía estaba a la vista, me decía.

Perfil interesante...

La salida de Irún permitía recuperar un poco el aliento durante 2km de bajada, pero teniendo en la memoria el recorrido de la carrera sabía que había que reservar. Una carrera rompe piernas como aquella no perdonaría excesos.
Allá por el km 5 aparecía ante nosotros la subida más larga del recorrido, la que nos llevaría al alto de Gaintxurizketa, la más dura, decían. Dos km de ascenso constante que no me parecieron tan exigentes al estar relativamente fresco, mantener la temperatura corporal esperada, no estar calado gracias a la tregua que parecía dar el temporal y, sobre todo, al paisaje montañoso que nos rodeaba, con nubes bajas en la cima del monte. La subida a Gaintxurizketa (lo que cuesta escribir esto) pasó rápida, casi sin sentir y, recordando de nuevo el circuito y su perfil, supe que había por delante una bajada larguísima, de al menos 4km, para recuperar y ganar algo del tiempo perdido.



El descenso fue puro disfrute. Aunque estábamos lejos de zonas residenciales el público seguía animando en los arcenes y era muy fácil dejarse llevar y acelerar más de la cuenta. El Garmin decía que mi ritmo era mejor del esperado, pero no le quise hacer caso. Había mucha carrera por delante y aunque había dejado pasar los avituallamientos hasta ese momento la vejiga pedía a gritos parar.
No quise frenar hasta acabar la bajada, disfrutando del paisaje y los ánimos de un clásico, dicen, de la carrera, un hombre vestido de pirata, con su bandera negra de calavera y tibias cruzadas ondeando, que nos animaba mientras en su furgoneta sonaba a todo volumen rock de lo más motivador.



Finalizado el descenso, allá por el km 10, vi en el reloj 50' en el 10000. No iba mal la cosa, aunque tuviera que frenarme en aquel momento.
El parón duró más de lo esperado, por el frío y la cantidad de líquido a desalojar de mi cuerpo, y diría que perdí 1'. No le di importancia. Llegábamos a Errenteria y la carrera empezaba a dejarnos claro por qué era famosa. La lluvia no tardaría en aparecer de nuevo, pero al público no parecía importarle. No paraba de chocar la mano a los chiquillos que encontraba a mi paso y los ánimos de algunos  de sus padres "¡Aúpa Jordi!¡Vamos!" como si me conocieran de toda la vida hacían que las piernas fueran solas.
Gracias a ellos, al público, cuando se estrechó el camino en otra de las subidas más duras del recorrido, Capuchinos, pude pasar el segundo gran escollo de la carrera sin demasiadas complicaciones.

A la izquierda de la imagen, apretando los dientes cuesta arriba


La bajada hacia Pasaia y las vistas de su bahía a la derecha seguían haciendo que el camino fuera increíblemente ameno.
Sin sentirlo apenas me plantaba en el km 15 con la sensación de haber sufrido mucho menos de lo esperado y con fuerzas para los últimos 5km, a un ritmo medio que parecía estar fijo en los 5'/km sin proponérmelo.

Cuando casi me había decidido a echar el resto, una pareja comentó cerca de mí que todavía reservarían fuerzas para el último repecho. Les pregunté sobre la situación de aquella cuesta y me recordaron (lo había olvidado) que todavía teníamos por delante el Alto de Miracruz. La chica me dijo "ahí si te echas a andar no sufras, muchos lo hacen".
Agradecí el consejo y reservé fuerzas, mientras los veía adelantarme con facilidad. ¿Qué desnivel y longitud tenía aquella cuesta que no recordaba ya a pesar de haberme estudiado todo lo que escribe Blog Maldito sobre BSS?

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No se equivocaban, mis fugaces acompañantes, cuando recomendaban prudencia en el km 16. Ahí estaba, de repente, la que para mí es "La Subida" de la carrera, por longitud, pendiente y situación en el circuito. Miracruz hizo que por fin sintiera que estaba casi en un medio maratón y, además, con desnivel. No se veía nunca el final de la subida y cuando una rotonda parecía indicar el final del sufrimiento todavía habría que subir un poco más. Los ánimos del público, como en todo el recorrido, daban la vida y en aquel punto eran indispensables para empujarnos cuesta arriba.

La vista a mi derecha del restaurante Arzak me trajo de nuevo a la memoria el perfil de la carrera y el recorrido. Recordé también algo que leí no sé dónde, en redes sociales: "Desde Arzak, a muerte hasta la meta" Con menos de 3km por delante y sabiendo que solo había un falso llano... ¿por qué no?

Me notaba con fuerzas, estaba animado, y había disfrutado la carrera como nunca hasta aquel punto. Me dije que tocaba vaciarse, echar el resto. Me lancé cuesta abajo y vi el km más rápido poco después, 4:30. Con la meta tan cerca, aunque empezó a diluviar y costaba ver con claridad por culpa del agua que entraba en los ojos a pesar de la protección de la visera de la gorra, se podía disfrutar de un ambiente festivo que en mi ciudad, Alicante, con aquel clima, convertiría la carrera en un desastre en cuanto a animación o incluso conllevaría suspensión, pero los vascos y BSS son especiales. Ahí estaba el centro donostiarra a rebosar de público bajo la lluvia, animando los últimos metros de la carrera.




Se veía por fin la playa de Zurriola. Girábamos a la izquierda y pasando el puente del Kursaal nos metíamos en la recta final. Sobraba la gorra, la braga, el chubasquero. Solo quería calarme hasta los huesos y disfrutar esos últimos metros sintiendo la lluvia sobre la cara y escuchando los gritos de ánimo del público y la música de la meta. Un arco, otro más...y ya estaba hecho.



Me he dejado la vista buscando fotos y vídeos xD

Paraba mi reloj corriendo el último mil a 4:37, logrando un tiempo por el que no habría apostado cuando llegué a Irún a primera hora de la mañana y que me hacía sentir muy orgulloso: 1:40:47 (mejor, en realidad, si descuento la parada obligatoria de 1' en el km 10), posición 9767 de 27183 en la general (muchas bajas y bastantes abandonos a mitad de carrera), 3530 de 7793 en mi categoría.




El frío y la lluvia se hicieron sentir de golpe, una vez paré y busqué mi mochila para cambiarme. Estaba helado, no había ni un centímetro de ropa que no estuviera calado y el viento hacía que la sensación térmica fuera peor. Conseguí refugio bajo una carpa y me puse toda la ropa seca que acerté a meter el sábado en la mochila del guardarropa (ropa interior, zapatillas, calcetines, varias capas de ropa para la parte de arriba, chubasquero...) mientras Ramón, que había llegado antes, ayudaba a que me recompusiera gracias a un café ardiendo. Poco después nos reuníamos con Rafa, que había hecho un carrerón, demostrando su excelente estado de forma y, aunque lo habitual es que la carrera invite a quedarse a disfrutar de la post meta, con una jornada tan dura en lo climatológico tocaba salir rápido a casa a por ducha caliente y comilona reparadora (nada como tener a 20 pasos de tu puerta un bar buenísimo como el que teníamos), sabiendo que el viaje había merecido la pena y teniendo claro cuál será el próximo.

Yo con estos dos me voy a donde sea 


BSS no ha defraudado. Si bien el paisaje podría tacharse de triste o gris en algunos puntos (es lo que tienen ciertas zonas industriales del norte) ese contraste con la belleza natural vasca, abrumadora, y, sobre todo, su gente (no os mienten cuando dicen que BSS es, sobre todo, su público), hacen la carrera digna de todos los elogios que podáis escuchar de ella. Está lejos. Son horas de viaje y cuesta encajarla en el calendario personal de carreras si vives a 700km de allí, pero... no será mi última vez por la zona.



Ahora tocaría decir que vuelvo al entrenamiento acuático, que la media de Santa Pola está lejos todavía y que allí no voy a pensar en más que terminar y pasarlo bien, aunque tarde 1h50 o 2, pero la motivación acuática empieza a estar de capa caída últimamente. Me está dando mucha pereza ir a la piscina a entrenar y el horario de algún curso que tengo pone difícil acudir a los entrenamientos oficiales, haciendo que muchas veces haya que entrenar solo. No sé si llegaré a Santa Faz como tenía previsto y creo que me olvido de Oropesa-Benicàssim.
Ya iré viendo, por el camino, pero ahora mismo me resulta más fácil y disfruto más con una carrera,  aunque sea breve, un entrenamiento de carrera a la hora que sea, una popular un fin de semana,  aunque corra a ritmos muy lejanos de los que vi a principio de año....
No acabo de centrarme en un deporte o en otro, agua o asfalto, y hay días en que quiero volver a darlo todo nadando y otros en que lo último que quiero es mojarme y sí que lo paso bien con una salida larga y tranquila como las que he hecho algún domingo preparando BSS. Supongo que al final la clave es pasarlo bien en cualquier medio, así que no voy a obsesionarme con ninguno de los dos. Creo que lo poco que queda de este año y el que viene va a ser una transición y preparación para otra meta que asoma por el 2021 y para la que, sorprendentemente, sí que empiezo a estar motivado, pero de esto ya hablaremos en unos meses.

Por ahora, a disfrutar del camino, bajo el agua o sobre el asfalto, y a ver cómo va la siguiente prueba deportiva, mañana, en los 5km de Rafal. ¿Qué hago yo en una carrera corta y rápida?, diréis. Yo también me lo pregunto, así que a regular en la salida, disfrutar de mi querida Vega Baja y una (de tantas) localidades que no conozco todavía por allí y de vuelta otra vez a mis viajes vegabajenses con mi amigo Ramón. ¿Para qué pedir más?

Os cuento cómo va todo en la próxima entrada del blog.
Gracias por estar ahí.
Saludos.

Comentarios

  1. Siiii, Vega Bajo forever! No, en serio, una pasada de viaje y me ha encantado leer tu crónica, he revivido todo como si fuera una peli!

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    1. Se echaba de menos estas salidas :) Joder, lo bien que lo hemos pasado! Y mañana otra grande, Rafal jajaja Go!

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